Allá la veo como cada día de los últimos diez años, en su
silla de ruedas ubicado siempre al final del pasillo que se abre al comedor del
antiguo asilo.
Su cara blanca y redonda como su mirada todavía infantil y
celeste aunque perdida entre los suburbios de recuerdos fragmentados que sujeta
en su memoria como puede.
Andrea García, me repite cada vez que la abrazo agachada y a
su altura pequeña como su presencia casi invisible y espectral.
Su cadera se resquebrajó hace años y ese dolor insuperable
la atraviesa día y noche produciendo un quejido que entrecorta su habla en
tanto me sostiene la mano desesperada para que la lleve a acostar o haga algo
por ella.
_ A todos le dice lo mismo ésta Andrea!!!_ Me dice la monja
con risita en la boca, quitando la importancia de la escena que por repetida y
por venir de la senil señora se vuelve poco a poco un murmullo insonoro.
La rutina se repite como es dable a ella, en éste caso, la
vida de Andrea se corresponde a un castigo que solo la muerte puede poner un
feliz final y apenas se encienden sus pupilas su cabeza a la par retoma la saga
de ideas frustradas para hallarla de una vez.
Al oído me dice_ Yo me voy a matar sabe mijita_ Me voy a
tirar de cabeza de la silla_
Ayuda le pido para matarme de una vez mijita_
El abrazo se llena de comprensión y de impotencia, después
de todo se le tiene prohibido hablar de esas cosas, es pecado osar llamar a la
parca cuando tenemos la dicha de la vida todavía a los ochenta y tres.
