Cuando nos toca cuidar o acompañar a una
persona que está con una enfermedad cuyo desenlace con la muerte es cercano el
tema se vuelve un fantasma omnipresente
pero del que ni familiares ni amigos o cuidadores se atreven a tocar.
Los desvíos repentinos en las conversaciones cuando el
enfermo alude sin nombrar la muerte con
intentos tímidos y eufemismos que rebotan y vuelven porque encontramos siempre
una excusa para “salir” de esa circunstancia que reconocemos como incómoda.
Los motivos que nos lleva a gambetear un tema tan central
como la muerte para quien se encuentra en vísperas de ella son varios pero el más
importante es el Tabú.
En la cultura occidental la muerte sigue sin nombrarse ya
que la filosofía que anima a la ciencia médica y que impregna otros ámbitos es
que la muerte representa el fracaso de la vida.
Vivir a cualquier costo pero vivir, sostener el cuerpo se
hace necesario para eternizar la vida ya que aunque haya certeza irrebatible de
la muerte inminente seguimos prefiriendo atarnos a los laberintos antes de tocar
el tabú.
Otras pocas veces son los mismos enfermos que en una
instancia de último intento por ser escuchados expresan su deseo de suicidarse
para que éste sufrimiento termine, en esos momentos la familia se alarma y
puede que intensifique el sufrimiento de la persona acusándolo de “no pensar en
ellos” que lo cuidan y quieren.
En éste derrotero inútil ya que es un tiempo que debería
transitarse desde la plena consciencia de los procesos, la posibilidad de
hablar para blanquear angustias propias de la persona que está por morir, para
ir cerrando temas, deudas pendientes, palabras que no se hablaron, perdones en
fin, el recorrido de la vida.
De la muerte, si se habla ya que es allanar y aliviar lo que
se aprieta en el alma, abrir el juego para que caigan caretas que hace rato son
inútiles y estorban en ésta instancia.
Hablar de la muerte nos vuelve frágiles en apariencia pero es una
fortaleza con los pies de la consciencia y en la tierra a donde todos
terminaremos siendo verdaderos

