sábado, 26 de abril de 2014

De la Muerte…Si se Habla.




  Cuando nos toca cuidar o acompañar a una persona que está con una enfermedad cuyo desenlace con la muerte es cercano el tema  se vuelve un fantasma omnipresente pero del que ni familiares ni amigos o cuidadores se atreven a tocar.
Los desvíos repentinos en las conversaciones cuando el enfermo alude sin nombrar la muerte  con intentos tímidos y eufemismos que rebotan y vuelven porque encontramos siempre una excusa para “salir” de esa circunstancia que reconocemos como incómoda.
Los motivos que nos lleva a gambetear un tema tan central como la muerte para quien se encuentra en vísperas de ella son varios pero el más importante es el Tabú.
En la cultura occidental la muerte sigue sin nombrarse ya que la filosofía que anima a la ciencia médica y que impregna otros ámbitos es que la muerte representa el fracaso de la vida.
Vivir a cualquier costo pero vivir, sostener el cuerpo se hace necesario para eternizar la vida ya que aunque haya certeza irrebatible de la muerte inminente seguimos prefiriendo  atarnos a los laberintos antes de tocar el tabú.
Otras pocas veces son los mismos enfermos que en una instancia de último intento por ser escuchados expresan su deseo de suicidarse para que éste sufrimiento termine, en esos momentos la familia se alarma y puede que intensifique el sufrimiento de la persona acusándolo de “no pensar en ellos” que lo cuidan y quieren.
En éste derrotero inútil ya que es un tiempo que debería transitarse desde la plena consciencia de los procesos, la posibilidad de hablar para blanquear angustias propias de la persona que está por morir, para ir cerrando temas, deudas pendientes, palabras que no se hablaron, perdones en fin, el recorrido de la vida.

De la muerte, si se habla ya que es allanar y aliviar lo que se aprieta en el alma, abrir el juego para que caigan caretas que hace rato son inútiles y estorban en ésta instancia.
Hablar de la muerte nos vuelve frágiles en apariencia pero es una fortaleza con los pies de la consciencia y en la tierra a donde todos terminaremos siendo verdaderos

sábado, 8 de marzo de 2014

El Pedido Insonoro de Andrea.




Allá la veo como cada día de los últimos diez años, en su silla de ruedas ubicado siempre al final del pasillo que se abre al comedor del antiguo asilo.

Su cara blanca y redonda como su mirada todavía infantil y celeste aunque perdida entre los suburbios de recuerdos fragmentados que sujeta en su memoria como puede.
Andrea García, me repite cada vez que la abrazo agachada y a su altura pequeña como su presencia casi invisible y espectral.
Su cadera se resquebrajó hace años y ese dolor insuperable la atraviesa día y noche produciendo un quejido que entrecorta su habla en tanto me sostiene la mano desesperada para que la lleve a acostar o haga algo por ella.

_ A todos le dice lo mismo ésta Andrea!!!_ Me dice la monja con risita en la boca, quitando la importancia de la escena que por repetida y por venir de la senil señora se vuelve poco a poco un murmullo insonoro.

La rutina se repite como es dable a ella, en éste caso, la vida de Andrea se corresponde a un castigo que solo la muerte puede poner un feliz final y apenas se encienden sus pupilas su cabeza a la par retoma la saga de ideas frustradas para hallarla de una vez.

Al oído me dice_ Yo me voy a matar sabe mijita_ Me voy a tirar de cabeza de la silla_
Ayuda le pido para matarme de una vez mijita_

El abrazo se llena de comprensión y de impotencia, después de todo se le tiene prohibido hablar de esas cosas, es pecado osar llamar a la parca cuando tenemos la dicha de la vida todavía a los ochenta y tres.

El sonido insonoro rebotará cientos de veces mas entre los demás cuerpos, en las paredes indiferentes en tanto el Vía Crusis de la carga y la descarga del bulto de su vida en la silla metálica, diga por si sola ya llegó al fin mi liberación